Las enseñanzas de Jesús sobre la humildad son igualmente concisas y poderosas. Los cuatro Evangelios, escritos con claridad y belleza excepcionales, nos llevan a aquellos días en los que el Hijo de Dios caminaba entre los hombres. Su vida sublime demuestra una carencia total de orgullo, de arrogancia y de vanidad. Sus palabras reflejan un reconocimiento constante de su dependencia del Padre. Juan 5:30 .

El Salvador empleó un acto sencillo para hacer hincapié en un maravilloso principio eterno. Por ejemplo, tras alimentar a los 5.000, dijo a Sus discípulos. “…Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada” Juan 6:12, y así les enseñó a ellos y a nosotros a no desperdiciar lo que El, nos da, como muestra de humildad y gratitud. Cuando Sus discípulos le preguntaron: “…¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”, Jesús pidió a un niño pequeño que se acercara, y les reprendió, diciendo: “…cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” Mateo 18:1, 4. Jesús siempre indicaba que su Padre era la fuente de su poder y conocimiento. Durante la Fiesta de los Tabernáculos, Jesús fue al templo y enseñó: “…Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió… El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia” Juan 7:16, 18.