Adorar a Dios es brindarle nuestro amor, reverencia, servicio y devoción. El Señor mandó a Moisés: “Adora a Dios, porque a él sólo servirás” (Moisés 1:15). Él también ha mandado: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás” Cuando venimos a adorar, debemos venir con arrepentimiento y humildad a los pies de Jesús, quien conoce nuestras vidas. También debemos venir ante él con expresiones de oración, alabanza y agradecimiento. Imperfectos como somos, Jesús nos perdona y nos levanta, dándonos ese amor tan inmenso que solo él puede dar. Dado que adoración es la actitud o la intención interna del corazón del hombre para Dios, implica la obediencia, el servicio, la rendición, el amor, etc. Es decir, implica una forma de vida que permite tener comunión con el Espíritu Santo (Juan 4:24). Por lo tanto: Podemos decir entonces que la alabanza es la demostración verbal y física de nuestra admiración, amor y afecto hacia Dios. Alabar es una expresión de nuestra adoración. Por otro lado, adoración es el acto de tributar reverencia y homenaje, gustar de algo extremadamente, respetar, dar honor, amor y obediencia. El salmo 103 es  «la alabanza a Dios por sus bondades»,  donde David, llama su alma a despertar, a su cuerpo y espíritu para elogiar la gratitud y misericordia que ha tenido su deidad con él.